❖ MANABÍ▮ 46 años entre tuercas, memorias y resistencias

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En Santa Ana de Vuelta Larga, donde el sol madruga con intensidad y las calles susurran historias de vida comunitaria, hay un taller que se niega a desaparecer, “El Tropezón”. Al costado del Cuerpo de Bomberos, entre paredes vestidas de herramientas que ya parecen reliquias, trabaja sin descanso Ramón Rivera Ponce, un hombre que durante 46 años ha devuelto el movimiento a las bicicletas… y el aliento a quienes las conducen.
A sus 63 años, Ramón es más que un mecánico. Es paisaje. Es voz. Es memoria popular que aprieta tornillos con la misma precisión con la que suelta historias. Su taller no es únicamente un espacio de reparación, es un punto de encuentro donde convergen jóvenes, campesinos, jubilados y curiosos que saben que de allí no se sale igual. El que entra con una bicicleta rota, se va con una lección de vida.

“Las bicicletas ya no son como antes, pero uno se adapta”, dice con una sonrisa mientras ajusta una tuerca. Habla con propiedad de engranajes y de historia local. No es raro que intercale indicaciones técnicas con reflexiones sobre política, economía o literatura. “Es que me gusta leer”, comenta, sin pretensiones, revelando una inteligencia autodidacta labrada por años de curiosidad silenciosa.
Casado y padre de seis hijos, Ramón nunca permitió que la precariedad echara raíces en su hogar. Con manos firmes y oficio honesto, levantó una familia que lo reconoce no sólo como sustento, sino como ejemplo. “Aquí le armamos hasta una bicicleta nueva si quiere”, dice con esa risa amplia que ya es patrimonio del pueblo.
La comunidad lo respeta no sólo por su destreza mecánica, sino porque encarna valores profundos, persistencia, amor por el oficio y dignidad en el trabajo. Su taller, con sus manchas de aceite y estanterías improvisadas, es un altar cotidiano donde cada bicicleta reparada se convierte en metáfora de resistencia.
Por “El Tropezón” han pasado generaciones, niños que acudían por reparaciones y hoy traen a sus propios hijos; jornaleros que confiaron en Ramón para llegar puntuales a sus faenas; jóvenes que encontraron en la bicicleta una forma de moverse con dignidad. Él ha sido testigo de transformaciones sociales, urbanas y tecnológicas. Su técnica ha evolucionado, sí. Pero sus valores siguen intactos, latiendo como el corazón de ese Santa Ana que nunca olvida.

Redacción y fotografías: Luis Antonio Prado

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