❖MANABÍ▮Manabí revive sus tradiciones en el Día de los Difuntos

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Cada año, el 2 de noviembre, los camposantos de la provincia de Manabí se transforman en verdaderas plazas de vida, memoria y tradición. Aunque parezca contradictorio, miles de personas acuden desde el 1 de noviembre a los cementerios para “velar” a sus seres queridos que ya partieron hacia el “más allá”.

Rezos, ofrendas y música

Desde primeras horas de la mañana, los visitantes llegan con comida –preferiblemente aquello que en vida disfrutaba el difunto– flores y velas encendidas durante todo el día. En muchas zonas rurales, esta tradición se ha enriquecido con nuevos rituales: por ejemplo, contratar un mariachi o guitarrero para que interprete las canciones favoritas del fallecido frente a su tumba, o montar un equipo de sonido para reproducir sus discos predilectos durante la jornada.

Colada morada y la comida del difunto

No puede faltar en estas fechas la tradicional bebida morada (colada morada). Además, muchas familias organizan comidas especiales en casa o directamente en el cementerio, llevando los platillos favoritos del ser querido f@ll3cido.

Preparar el descanso eterno también es parte del ritual. Muchas familias aprovechan estos días para limpiar, pintar y arreglar las tumbas, reemplazar flores marchitas y restaurar cruces o lápidas desgastadas. Para muchos manabitas, esta tarea simboliza honrar la memoria del ser querido y mantener viva su presencia, como una muestra de respeto y cariño que trasciende los años.

Memoria compartida y comunidad

En pueblos costeros y rurales de Manabí, la jornada puede extenderse hasta la madrugada del día siguiente. Las tumbas se convierten en espacios de encuentro, relatos, música, risas y llantos. Tal como lo señala un administrador del cementerio de Portoviejo: “había familias que se amanecían hasta las seis de la mañana del 3 de noviembre”.

En resumen: el Día de los Difuntos en Manabí no es solo un momento de duelo, sino una celebración de la memoria, de la vida que sigue entre lo visible y lo invisible. Familias, música, comida, flores y velas se entrelazan para honrar a quienes partieron, manteniendo vivas raíces ancestrales y profundamente comunitarias.

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